El cuajado depende de una sincronización precisa entre flor funcional, polen compatible, tubo polínico, óvulo viable, temperatura, polinizadores efectivos, microclima, genética, respuesta cultivar-dependiente y capacidad del árbol para sostener los frutos jóvenes.
La floración del cerezo es una oportunidad reproductiva breve, pero no se puede interpretar solo como una fotografía de árboles cubiertos de flores. En pocos días, cada flor debe reunir órganos reproductivos funcionales, recibir polen compatible, permitir la germinación del polen, sostener el crecimiento del tubo polínico hasta el ovario y mantener un óvulo viable hasta que se complete la fecundación. Después, el fruto joven todavía debe consolidarse como sumidero y evitar la abscisión.
Esta entrada continúa la serie dedicada al frío invernal, la construcción de la yema en el ciclo previo y el riesgo de heladas por fenofase. El foco cambia ahora hacia la ventana reproductiva: cómo una flor viable se convierte en fruto cuajado y qué datos permiten diagnosticar por qué ese proceso falla.
Índice de contenidos (con enlaces)
1. De la floración abundante a la floración funcional
2. Periodo de Polinización Efectiva – EPP
3. Temperatura durante la floración
4. Compatibilidad genética y alelos S
5. Polinizadores, meteorología y paisaje
6. Del cuajado a la carga inicial
7. Raleo de flores y regulación temprana de carga
8. Diagnóstico integrado del bajo cuajado
1. De la floración abundante a la floración funcional
Una floración abundante representa una oportunidad, pero todavía no es una cosecha. En cerezo, el paso de flor a fruto depende de que una parte de esas flores complete a tiempo una secuencia reproductiva exigente: órganos florales funcionales, polen compatible, estigma receptivo, crecimiento del tubo polínico, óvulo viable, fecundación y retención posterior del fruto joven.
Por eso conviene distinguir entre intensidad de floración y funcionalidad reproductiva. La primera describe cuántas flores tiene el árbol y cómo se distribuyen en la copa. La segunda indica cuántas de esas flores están realmente en condiciones de convertirse en fruto.

No existe un umbral universal que permita clasificar una floración como buena, escasa o excesiva en todos los huertos. Depende del cultivar, patrón, vigor, arquitectura del árbol, sistema de conducción, densidad de plantación, riesgo de heladas, historial de cuajado y objetivo comercial de calibre. Una floración escasa deja poco margen frente a pérdidas posteriores. Una floración excesiva puede derivar, si el cuajado es alto, en sobrecarga, competencia entre frutos, menor calibre, menor firmeza, maduración menos homogénea y necesidad de regular la carga, especialmente en combinaciones sobre portainjertos enanizantes, muy precoces o con alta eficiencia productiva. En patrones más vigorosos o combinaciones con mayor capacidad vegetativa, la respuesta puede ser distinta y debe interpretarse según el equilibrio real entre carga, vigor y valor comercial de la producción.
Desde un punto de vista técnico, una floración favorable no es simplemente la más abundante. Es aquella que combina suficiente número de flores, buena distribución en el árbol y una ventana real en la que coinciden flor funcional, polen útil y condiciones ambientales favorables.
El trabajo de Siopa et al. (2026) ayuda a matizar esta idea, aunque sus datos deben interpretarse dentro de su contexto regional y experimental. En nueve cultivares evaluados en Beira Interior, Portugal, cada cultivar mantuvo flores durante unas cuatro semanas, con una duración media de floración de 30 ± 1,4 días. Sin embargo, el periodo realmente más útil para la polinización fue bastante más corto: la plena floración, definida en ese estudio como el momento en que más del 50 % de las flores estaban en fases visualmente receptivas, duró de media 13 ± 0,6 días.
Este dato no debe leerse como una regla universal de manejo. La duración de la floración y el solape entre cultivares pueden cambiar de forma importante según región, altitud, año, temperatura de primavera, estrés térmico, lluvia, viento y estado fisiológico del árbol. En zonas o campañas más cálidas, la ventana funcional puede comprimirse mucho más de lo que sugiere la presencia visual de flores abiertas.
También conviene separar la fase visual de la funcionalidad fisiológica. En estudios fenológicos, una flor abierta o en fase aparentemente receptiva puede contarse como parte de la plena floración. Sin embargo, desde el punto de vista reproductivo, esa flor solo será funcional si el estigma permite adhesión, germinación y, sobre todo, penetración efectiva del tubo polínico hacia el estilo. Bajo condiciones desfavorables, la receptividad estigmática puede deteriorarse de forma secuencial; por tanto, una flor visualmente abierta no garantiza por sí sola que siga siendo plenamente fecundable.
Dicho de otra forma, un árbol puede verse en flor durante varias semanas, pero la ventana principal para que llegue polen compatible a flores realmente funcionales se concentra en muchos menos días. Por eso, el solape entre cultivares debe valorarse sobre la plena floración local y, siempre que sea posible, sobre la funcionalidad real de la flor, no solo sobre la presencia visual de pétalos abiertos.
En el estudio de Siopa et al. (2026), el solape de plena floración entre parejas varietales fue muy variable, desde 0,15 hasta 1,00. Como aproximación práctica, si un cultivar tiene 10 días de plena floración, un solape de 0,15 con su posible polinizador equivale aproximadamente a 1,5 días de coincidencia. Ahora bien, esos días no tienen necesariamente el mismo valor biológico. Un solape breve al inicio de la vida funcional de la flor puede ser mucho más útil que el mismo solape al final, cuando el estigma, el estilo o el óvulo pueden estar ya envejecidos.
La consecuencia práctica es clara: dos cultivares pueden ser compatibles por sus alelos S y, aun así, funcionar mal como pareja si apenas coinciden en la ventana real de flor funcional. Y, a la inversa, un solape aparentemente corto puede ser valioso si ocurre en el momento de máxima receptividad y viabilidad ovular.
2. Periodo de Polinización Efectiva
El periodo de polinización efectiva —EPP, por sus siglas en inglés— es el intervalo durante el cual una flor puede ser fecundada con éxito. No equivale al tiempo que la flor permanece abierta ni al número de días en que todavía se observan pétalos. Depende de una coincidencia temporal precisa: el estigma debe estar funcional, una población suficiente de tubos polínicos debe progresar a través del estilo y el óvulo debe conservar su viabilidad cuando los tubos llegan al ovario.

En cerezo, este recorrido requiere tiempo. Zhang et al. (2018) recuerdan que, según cultivar y temperatura, el crecimiento del tubo polínico hasta los óvulos puede requerir aproximadamente 2–5 días. Además, en ‘Bing’ se habían descrito EPP de 4–7 días en diferentes años. Por tanto, la ventana útil de fecundación debe interpretarse en días, no en semanas.
Zhang et al. (2018) evaluaron ‘Sweetheart’, ‘Benton’, ‘Rainier’ y ‘Tieton’ mediante observaciones de campo y ensayos en cámaras de ambiente controlado. Las cámaras simularon tres escenarios térmicos de primavera: frío, con ciclos de 4–12 °C; moderado, con 6–18 °C; y cálido, con 12–24 °C. Este último debe entenderse como un escenario cálido moderado dentro del contexto experimental, no como una ola de calor extrema. Bajo temperaturas próximas a 30 °C, o bajo incrementos térmicos acusados en campo, otros trabajos muestran que el deterioro de estigma, tubo polínico y óvulo puede ser mucho más severo.
El ensayo de campo de Zhang et al. (2018) muestra con claridad que no todos los días de flor abierta tienen el mismo valor reproductivo. Las flores fueron emasculadas y polinizadas manualmente desde el día de antesis hasta seis días después. En los cuatro cultivares, el cuajado fue bajo cuando la polinización se realizó el mismo día de apertura floral, aumentó al día siguiente y alcanzó su máximo cuando la polinización se hizo dos días después de antesis. En ese segundo día, el cuajado fue del 43,0 % en ‘Benton’, 67,1 % en ‘Rainier’, 46,5 % en ‘Tieton’ y 50,4 % en ‘Sweetheart’.
Ese bajo cuajado en el día de apertura no debe interpretarse solo como un problema de falta de polen. La flor recién abierta puede ser todavía una diana subóptima: la hidratación de las papilas estigmáticas y la germinación del polen no siempre son máximas en el momento exacto de la antesis, y pueden aumentar durante los primeros días posteriores a la apertura floral. En otras palabras, una flor abierta no es necesariamente una flor en su máximo rendimiento funcional desde el primer momento.
A partir del máximo observado alrededor del segundo día, la capacidad de cuajar cayó rápidamente. Cuando la polinización se retrasó hasta seis días después de antesis, el cuajado fue del 0 % en ‘Benton’, ‘Rainier’ y ‘Tieton’ y solo 1,4 % en ‘Sweetheart’. Este resultado resume bien el concepto de EPP: la flor puede seguir visible, pero su capacidad efectiva de fecundación puede haberse reducido de forma drástica.
Ahora bien, estos valores deben leerse con una cautela metodológica importante. El ensayo se realizó con flores emasculadas y polinizadas manualmente, y la emasculación puede acelerar la degeneración ovular y reducir el cuajado respecto a flores intactas. Por tanto, la caída casi total observada al sexto día refleja muy bien el cierre de la ventana funcional en ese diseño experimental, pero puede estar intensificada por el propio manejo de la flor. En condiciones naturales, con flores intactas, la viabilidad del óvulo podría mantenerse algo más en determinados cultivares o ambientes, aunque eso no elimina la idea central: el margen efectivo para fecundar sigue siendo breve.
Sagredo et al. (2017) aportaron una lectura aplicada para ‘Kordia’ y ‘Regina’ en el sur de Chile. En sus ensayos, el EPP se situó en el orden de 5–6 días, aunque condicionado por la temperatura y por las condiciones de floración de cada temporada. En una campaña más fría y lluviosa, con temperaturas medias frecuentemente por debajo de 10 °C durante floración, la respuesta de cuajado se prolongó más en el tiempo. En una temporada más cálida, con temperaturas medias que superaron con frecuencia los 20 °C, la pérdida de capacidad de cuajado conforme se retrasaba la polinización fue más evidente.
En el ensayo controlado con ‘Regina’, el polen de ‘Katalin’ mostró un avance más rápido: algunos tubos alcanzaron la base del estilo en 24 h, mientras que los de ‘Kordia’ no lo hicieron antes de 48 h. Este dato refuerza una idea práctica: el EPP no depende solo de la flor receptora, sino también del comportamiento del polen donante, de la temperatura y de la capacidad de una población suficiente de tubos para superar la criba del estilo.
Ese último matiz es importante. El crecimiento del tubo polínico no debe imaginarse como una carrera uniforme de un único tubo. Tras la germinación pueden iniciarse muchos tubos, pero su avance es asíncrono y el estilo actúa como un filtro. Parte de esa población se detiene o degenera durante el recorrido, y solo un número reducido de tubos llega finalmente al ovario. Por eso, el éxito no depende únicamente de que algunos tubos avancen rápido, sino de que lleguen a tiempo suficientes tubos funcionales antes de que el óvulo pierda viabilidad.
La temperatura interviene precisamente en esa sincronización. Un ambiente frío puede retrasar la germinación y ralentizar el avance de los tubos. Un ambiente templado puede favorecer esos procesos. Pero un calor excesivo puede acortar la vida funcional del estigma y del óvulo, y también alterar la dinámica de la población de tubos: puede acelerar a los más rápidos, pero reducir el número final de tubos que completan el recorrido. En ese caso, la flor no falla porque “no haya tubo”, sino porque el sistema pierde sincronía.
Desde el punto de vista técnico, diagnosticar un bajo cuajado exige reconstruir qué ocurrió durante esos pocos días críticos: edad floral, madurez funcional del estigma, disponibilidad de polen compatible, comportamiento del polen donante, progresión real de los tubos, solape de plena floración, actividad de polinizadores y condiciones meteorológicas durante la ventana útil.
3. Temperatura durante la floración
La temperatura durante la floración no actúa sobre un único punto del proceso reproductivo. Modifica la hidratación y germinación del polen, la cinética de crecimiento de los tubos polínicos, la dinámica de esa población de tubos dentro del estilo, la receptividad del estigma, la viabilidad del óvulo y la duración del EPP. Por eso, hablar de una temperatura “buena” o “mala” en abstracto resulta insuficiente.
El punto clave es la sincronización. Frente a condiciones frías, temperaturas moderadas pueden mejorar la germinación y acelerar el avance de los tubos polínicos. Sin embargo, el aumento térmico no siempre favorece el cuajado: puede aumentar la velocidad de los tubos más rápidos y, al mismo tiempo, reducir el número final de tubos que sobreviven al recorrido, o acortar la vida funcional del estigma y del óvulo. En ese caso, el proceso no mejora necesariamente; se descoordina.
3.1. Polen y tubo polínico
Hedhly et al. (2004) trabajaron con flores cortadas a 10, 20 y 30 °C, y también bajo un ensayo de campo con jaula plástica. En cámara, el incremento de temperatura aceleró la cinética de crecimiento de los tubos polínicos, pero redujo la germinación. Además, la respuesta no fue igual en todos los genotipos: ‘Sunburst’, de origen canadiense y genealogía del norte de Europa, y ‘Cristobalina’, del sureste de España, se comportaron de forma similar a 20 °C, pero la población efectiva de tubos que alcanzaba la base del estilo se redujo a 30 °C para ‘Sunburst’ y a 10 °C para ‘Cristobalina’.
La lectura aplicada es relevante: no existe un “calor” o un “frío” universal para todos los polinizadores. La respuesta depende de la interacción entre genotipo del polen y temperatura, y no debe evaluarse solo por la velocidad de los tubos más avanzados, sino también por el número de tubos que sobreviven al filtro del estilo.

Además, el calor puede generar una trampa diagnóstica en campo. Temperaturas elevadas pueden aumentar la adhesión física del polen al estigma, probablemente por cambios en la secreción estigmática, de modo que el observador puede ver muchos granos pegados y concluir que la polinización ha sido eficaz. Sin embargo, más polen adherido no equivale necesariamente a más fecundación: bajo condiciones térmicas desfavorables, la proporción de granos que germinan y la población de tubos que progresa hacia el ovario pueden reducirse. Por tanto, el diagnóstico visual de polen sobre el estigma debe interpretarse con cautela.
El ensayo de campo de Hedhly et al. (2004) también da escala real. La cubierta plástica elevó la temperatura máxima media de 20,4 a 24,6 °C y la temperatura media de 13,8 a 16,2 °C, con mínima similar. Incluso cambios moderados de microclima pueden alterar tanto la velocidad de avance de los tubos como la dinámica de la población que consigue progresar dentro del estilo.
Zhang et al. (2018) programaron cámaras para simular primaveras fría, media y cálida: 4–12 °C, 6–18 °C y 12–24 °C, respectivamente. En esas condiciones, la germinación del polen fue generalmente de 30–40 % a la temperatura más baja y de 80–100 % a la más cálida. Este resultado debe leerse junto con dos cautelas importantes. La primera es que el escenario de 12–24 °C representa una condición cálida moderada, no un estrés térmico extremo. La segunda es que esas tasas elevadas de germinación no dependen solo de la temperatura: también requieren que la flor se encuentre en un momento adecuado de madurez estigmática. En flores recién abiertas, la hidratación de las papilas y la capacidad de sostener una germinación abundante pueden ser todavía bajas, incluso bajo temperaturas favorables.
Por tanto, pasar de frío intenso a condiciones templado-cálidas puede mejorar la germinación, pero ese efecto no debe extrapolarse automáticamente a cualquier edad floral ni a temperaturas próximas al estrés. A temperaturas más altas, como 30 °C en ensayos de cámara, la germinación puede reducirse según el genotipo, y el sistema puede fallar aunque la velocidad inicial de algunos tubos aumente.
También conviene distinguir entre longitud máxima y longitud media de los tubos polínicos. En Zhang et al. (2018), bajo baja temperatura y 48 h después de polinización, los tubos más avanzados alcanzaron solo alrededor del 20 % de la longitud del estilo en ‘Tieton’, ‘Sweetheart’ y ‘Rainier’. Bajo condiciones cálidas, algunos tubos de ‘Sweetheart’ pudieron alcanzar el 100 % de la longitud del estilo en el máximo registrado. Sin embargo, ese valor máximo no representa el comportamiento medio de toda la población de tubos. Debido al crecimiento altamente asíncrono dentro de un mismo estilo, la longitud media de los tubos a las 48 h se mantuvo baja para todos los cultivares, incluso bajo temperaturas cálidas.
‘Tieton’ ilustra especialmente bien esta respuesta diferencial: bajo condiciones cálidas, su crecimiento medio a las 48 h fue reducido y no siguió el patrón favorable observado en otros cultivares. Pero la comparación debe hacerse con medidas equivalentes: máximos con máximos o medias con medias. La conclusión fisiológica no es que “el tubo” avance o no avance como una unidad, sino que la temperatura modifica simultáneamente la velocidad de los tubos más rápidos y el tamaño de la población de tubos que consigue progresar.
En términos aplicados, el éxito de la polinización no depende solo de que algunos tubos polínicos avancen rápido. Depende de que una población suficiente de tubos germine, penetre en el estilo, supere la criba celular durante el recorrido y llegue al ovario antes de que el óvulo pierda viabilidad. El calor moderado puede favorecer parte de este proceso; el calor excesivo puede acelerar la cinética inicial y, al mismo tiempo, empeorar la dinámica poblacional, reduciendo el número final de tubos funcionales.
3.2. Estigma y pistilo
La receptividad del estigma no es permanente, pero tampoco es máxima necesariamente en el instante en que la flor se abre. En la flor recién abierta, el estigma puede ser todavía una diana fisiológicamente incompleta: la hidratación de las papilas estigmáticas y la disponibilidad de exudados que permiten hidratar el polen y sostener su germinación pueden ser bajas durante la antesis. Por eso, el día 0 no debe interpretarse automáticamente como el momento de máxima capacidad reproductiva.
Zhang et al. (2018) observaron que las papilas estigmáticas comenzaban a deteriorarse hacia el segundo día después de antesis y estaban colapsadas hacia el sexto día en los cultivares evaluados. Sin embargo, el momento de máxima hidratación y germinación no fue idéntico para todos los genotipos. En cultivares como ‘Sweetheart’, el pico funcional se alcanzó pronto, alrededor de los dos días post-antesis, mientras que en genotipos como ‘Benton’ o ‘Tieton’ la máxima respuesta estigmática pudo retrasarse, bajo determinadas condiciones, hasta varios días después de la apertura floral.
Este dato es importante porque evita dos errores opuestos. El primero es asumir que toda flor recién abierta está ya en su máximo funcional. El segundo es aplicar una regla fija de “dos días” para todos los cultivares y ambientes. La receptividad útil depende de la edad floral, del cultivar y de la temperatura.
Además, no basta con observar polen sobre el estigma. Hedhly et al. (2003) mostró que, bajo temperaturas desfavorables, la receptividad estigmática puede deteriorarse de forma secuencial: primero se compromete la penetración del tubo en el estilo, después la germinación y, finalmente, la adhesión. Por tanto, una flor puede mostrar polen adherido —e incluso parte del polen germinado— y, aun así, no permitir una polinización funcional si la penetración en el tejido transmisor ya está comprometida.
3.3. Óvulo: el reloj más delicado
La longevidad del óvulo primario puede ser uno de los factores limitantes en primaveras cálidas. En Zhang et al. (2018), bajo 18 °C, los cultivares de alta productividad ‘Rainier’ y ‘Sweetheart’ mantuvieron óvulos plenamente viables durante 3–4 días después de antesis. En cambio, ‘Benton’ y ‘Tieton’, de baja productividad, mantuvieron plena viabilidad solo durante 1 día.
Bajo la condición cálida de 24 °C, a los 7 días post-antesis aproximadamente el 80 % de los óvulos de ‘Rainier’ seguían viables, mientras que en los otros tres cultivares la viabilidad rondaba el 30 %. El mensaje no es que 24 °C sea siempre perjudicial, sino que la sensibilidad térmica de la viabilidad ovular es claramente genotipo-dependiente.
Hedhly et al. (2007) mostró también que un calentamiento moderado puede reducir el cuajado en campo. El uso de cubiertas plásticas elevó la temperatura máxima media en torno a 5,8–6,9 °C, mientras que la temperatura media diaria aumentó 1,4–3,0 °C. Ese cambio coincidió con una reducción acusada del cuajado: de 18 % a 5 % en ‘Vignola’ y de 25 % a 4 % en ‘Sunburst’.
El resultado más interesante no es solo que el calor acortara la vida útil del óvulo. En el cruce ‘Sunburst’ × ‘Burlat’, el tratamiento cálido aceleró la llegada de tubos polínicos al ovario, pero redujo el porcentaje de flores fertilizadas: 12 % en cálido frente a 25 % en control. Esto indica que llegar antes al ovario no garantiza fecundación.
La explicación fisiológica es más compleja que una simple “muerte del óvulo”. Bajo calor, una parte de las flores aún puede conservar un óvulo primario viable, pero los tubos polínicos pueden perder direccionalidad al entrar en el ovario, crecer de forma errática sobre el obturador y no alcanzar correctamente el micrópilo. En ese caso, el fallo no está solo en la viabilidad ovular, sino en la coordinación final entre tubo polínico, obturador, micrópilo y óvulo primario.
Por eso, una primavera aparentemente favorable por temperatura puede terminar en bajo cuajado. El calor puede acelerar la cinética de los tubos, pero desorganizar la fase final de la fecundación o acortar el margen en el que el óvulo primario sigue siendo fecundable. El diagnóstico debe mirar tanto la viabilidad del óvulo como el comportamiento final de los tubos en el ovario.
3.4. Genotipo por temperatura
Los estudios de Radičević et al. en West Serbia confirman que la respuesta térmica no se reduce a un umbral único. Las condiciones térmicas durante plena floración variaron entre años y cultivares; en 2009, las máximas diarias superaron ocasionalmente 25 °C, una situación considerada no típica para la región, pero cada vez más relevante en escenarios de primaveras cálidas.
La interacción genotipo × temperatura afecta a la función masculina y a la función femenina. En la función masculina, el número de tubos polínicos disminuyó en ‘Kordia’ y ‘Karina’ cuando actuaban como donantes, mientras que aumentó en ‘Regina’ y ‘Summit’. Esto indica que no todos los cultivares aportan polen con la misma capacidad de progresar bajo las mismas condiciones térmicas.
Pero la función receptora es igual de importante. Bajo condiciones cálidas, la viabilidad del óvulo primario también puede responder de forma muy distinta según el cultivar. En los estudios de Radičević et al., ‘Kordia’ mostró una pérdida prematura de vitalidad ovular bajo el episodio térmico más desfavorable, mientras que ‘Regina’ mantuvo una estabilidad mucho mayor. Esto cambia la lectura agronómica: un cultivar no solo puede fallar como donante de polen; también puede fallar como receptor si sus óvulos pierden viabilidad antes de que los tubos lleguen en condiciones de fecundar.
Por tanto, el riesgo térmico durante floración debe leerse siempre con el cultivar encima de la mesa. No basta con saber la máxima del día ni con conocer los alelos S. Hay que relacionar temperatura, edad floral, comportamiento del polen, dinámica de los tubos en el estilo, compatibilidad, genotipo del pistilo, viabilidad del óvulo primario y respuesta final en el ovario.
En el diseño de polinizadores, el genotipo donante no debería evaluarse solo por alelos S y solape floral, sino también por su comportamiento térmico probable durante la floración local. Y, del mismo modo, el cultivar principal debe valorarse como receptor: su estigma, estilo, ovario y óvulo no tienen por qué tolerar el calor igual que los de otro cultivar.
3.5. Temperatura antes de la antesis
El efecto de la temperatura no empieza cuando la flor se abre. En cerezo, las temperaturas elevadas durante la diferenciación floral del ciclo previo pueden inducir malformaciones irreversibles, como pistilos dobles y frutos dobles. Beppu y Kataoka (1999) mostraron en ‘Satohnishiki’ que temperaturas superiores a 30 °C durante la diferenciación de yemas incrementaron marcadamente la aparición de pistilos dobles, mientras que a 35 °C el efecto fue especialmente acusado.
El mecanismo no debe entenderse solo como una deformación puntual. El calor también altera la velocidad del desarrollo floral: cuanto mayor es la temperatura, más lenta puede ser la progresión de la diferenciación. Esa ralentización prolonga el tiempo durante el cual el primordio floral permanece expuesto a condiciones térmicas desfavorables, aumentando la probabilidad de que se formen estructuras reproductivas anómalas. Por eso, un verano prolongadamente cálido puede dejar una huella en la calidad floral de la campaña siguiente.
Además, el daño térmico no se limita al pistilo doble. Bajo temperaturas muy elevadas, Beppu y Kataoka observaron también transformaciones de tipo pistiloide en estructuras que deberían funcionar como estambres, con apéndices semejantes a pistilos reemplazando físicamente a las anteras en la parte terminal de los filamentos. Desde el punto de vista agronómico, esto es importante: el calor del verano anterior puede afectar no solo a la función femenina de la flor, sino también a su función masculina. Un cultivar utilizado como polinizador podría producir menos polen funcional si sus anteras se han visto alteradas por daño térmico durante la diferenciación floral.
También existe una trampa diagnóstica en primavera. La frecuencia de pistilos dobles observada en antesis puede ser menor que la detectada previamente en las yemas, porque parte de los pistilos adicionales puede degenerar antes de que la flor se abra. Por tanto, una inspección visual durante floración puede subestimar el daño sufrido en el verano anterior: una flor aparentemente normal en primavera pudo haber atravesado una diferenciación alterada meses antes.
Otro punto práctico es no atribuir automáticamente estas malformaciones al déficit hídrico. En el trabajo de Beppu y Kataoka, el estrés por sequía no incrementó la frecuencia de pistilos dobles de la misma forma que lo hizo la temperatura elevada. La conclusión aplicada es clara: el factor crítico para este problema es el calor durante la diferenciación floral, más que la falta de agua por sí sola. El riego puede ser necesario para sostener el estado hídrico del árbol, pero no convierte una ola de calor en un escenario inocuo para la organogénesis floral.
En estas flores, el problema ya no es solo cinético —polen, tubo, estigma u óvulo dentro del EPP—, sino anatómico y previo a la antesis: la flor parte de una arquitectura reproductiva alterada. Este punto conviene separarlo de otras anomalías florales. El pistilo saliente descrito por Zhang y Whiting (2012), por ejemplo, depende de genotipo, posición floral y condiciones durante floración, y no debe tratarse automáticamente como esterilidad absoluta ni confundirse sin más con el daño estival que induce pistilos dobles.
La lectura práctica es que el diagnóstico de cuajado debe mirar dos relojes. El primero es el reloj inmediato de la flor abierta: estigma, polen, tubo polínico, óvulo y EPP. El segundo es el reloj previo de la yema, donde el calor del verano anterior pudo ralentizar la diferenciación floral, alterar la arquitectura reproductiva, comprometer anteras o pistilos y dejar daños parcialmente enmascarados cuando llega la floración.
4. Compatibilidad genética y alelos S
Dentro del EPP no basta con que llegue polen: debe ser polen compatible. En el cerezo, la compatibilidad está controlada por un locus S multialélico, un sistema de reconocimiento bioquímico basado en dos actores: las enzimas S-RNasas, secretadas por el pistilo, y la proteína SFB, expresada por el polen. En este sistema, el pistilo no rechaza el polen incompatible en la superficie, sino durante su avance por el estilo. Los tubos polínicos incompatibles pueden germinar inicialmente y absorber S-RNasas del tejido estilar. Si son genéticamente incompatibles, no consiguen neutralizar esa actividad, y las S-RNasas actúan como factores citotóxicos que degradan el ARN dentro del tubo polínico. Como resultado, los tubos muestran crecimiento anómalo, ramificación, detención o degeneración durante el recorrido por el estilo, sin alcanzar el ovario. El resultado práctico es claro: aunque haya abundante polen sobre el estigma, si el genotipo S es incompatible, la acción citotóxica de las S-RNasas impedirá la fecundación.
El diseño de polinizadores debe combinar tres capas inseparables: genotipo S, solape floral local y eficacia real de los insectos. La compatibilidad genética determina qué proporción de la carga polínica puede avanzar hasta el ovario; el solape floral asegura la disponibilidad simultánea de ese polen mientras la flor receptora mantiene su ventana funcional; y los polinizadores determinan si ese polen logra transferirse entre distintas filas y depositarse efectivamente sobre el estigma dentro del EPP.
Patzak et al. (2020) analizaron recursos genéticos de cerezo y detectaron 13 alelos S, 29 combinaciones del locus S y 24 grupos de incompatibilidad en 153 accesiones. Los alelos más frecuentes fueron S3, S1 y S4, seguidos de S2 y S6. Este resultado es útil como ejemplo de diversidad en una colección concreta, pero no debe interpretarse como el límite del sistema. A escala global, la diversidad del locus S es mucho mayor: se han descrito decenas de grupos de incompatibilidad en catálogos internacionales de cultivares, y el número de alelos conocidos sigue creciendo con el estudio de materiales silvestres o de origen diverso. Estudios recientes han identificado nuevos alelos procedentes del Cáucaso, incluyendo variantes como S45–S53 y S54. Por tanto, diseñar una plantación asumiendo compatibilidades tradicionales, basándose solo en la coincidencia visual de floración o fiándose exclusivamente de la memoria local para combinar cultivares importados, puede conducir a errores persistentes de diseño y a problemas de cuajado difíciles de corregir.
Siopa et al. (2026) aporta un matiz agronómico de gran valor. En sus ensayos en Beira Interior, tanto los cruces óptimos —sin alelos S compartidos— como los semi-óptimos —con un alelo compartido— dieron mejores resultados que la autopolinización o el embolsado, mientras que los cruces dentro del mismo grupo de incompatibilidad quedaron claramente penalizados, por debajo del 3 % de cuajado. En campo, los valores medios se situaron en torno al 8,6 % en cruces sin alelos compartidos y al 7,0 % en cruces con un alelo compartido. Sin embargo, los cruces semi-compatibles tienen un coste biológico claro: aproximadamente la mitad de los granos de polen transferidos no será compatible con el pistilo receptor y quedará bloqueada durante su avance por el estilo.

Por tanto, los cruces semi-compatibles pueden ampliar el abanico de parejas viables, pero no deben asimilarse a una pareja plenamente compatible. Su éxito exige compensar esa pérdida de eficiencia con buen solape floral, alta transferencia de polen por insectos y condiciones ambientales favorables. Bajo condiciones pobres de polinización —frío, lluvia, viento o escaso vuelo de insectos—, perder una parte importante de la carga polínica útil puede empujar el cuajado por debajo del nivel comercialmente aceptable.
Los cultivares autocompatibles reducen el riesgo de incompatibilidad estricta, pero no convierten la polinización en un proceso automático. Cachi et al. (2014) demostraron que, en ‘Cristobalina’, los tubos de autopolen tardaron más en recorrer el estilo y llegaron en menor número que los procedentes de polinización cruzada. Más que un simple defecto de velocidad, este comportamiento sugiere una desventaja competitiva del autopolen frente al polen cruzado. En términos agronómicos, el autopolen puede actuar como un recurso reproductivo de respaldo cuando falta polen cruzado compatible, pero puede ser vulnerable si el EPP se acorta por estrés térmico o envejecimiento rápido del óvulo. No obstante, la genética de ‘Cristobalina’, asociada a una mutación fuera del locus S, no representa necesariamente a la mayoría de cultivares comerciales autocompatibles.
La advertencia es todavía más importante cuando se consideran cultivares comerciales modernos que basan su autocompatibilidad en mutaciones directas del locus S, como el alelo mutado S4′. Siopa et al. (2026) mostró que poseer esta mutación no garantiza por sí solo el éxito reproductivo. Mientras que ‘Sunburst’ —S3S4’— permitió una llegada abundante de autopolen al ovario, ‘Santina’ —S1S4’— presentó una fuerte inhibición o bajo desarrollo del autopolen en el pistilo. En campo, las flores autopolinadas de ‘Santina’ apenas alcanzaron un cuajado cercano al 2 %. Este resultado debe interpretarse con prudencia, porque ‘Santina’ también mostró factores post-polinización limitantes. Aun así, la lectura técnica es clara: la etiqueta “autocompatible” en un catálogo describe un rasgo genético, no una garantía agronómica. No sustituye automáticamente la necesidad de un buen diseño de polinizadores, un solape floral adecuado y la validación local del cuajado.
La auditoría molecular de alelos S es una herramienta imprescindible, pero no debe tratarse como infalible si se basa únicamente en la longitud de fragmentos. Schröpfer et al. (2024) advierten que distintos sistemas de electroforesis capilar pueden desplazar el tamaño aparente de los fragmentos, y que alelos diferentes, como S46 y S47, pueden generar longitudes muy próximas. Para reducir este riesgo, resulta útil emplear una escalera de referencia de alelos S que permita calibrar las desviaciones entre equipos. Además, la ausencia de un segundo fragmento no debe interpretarse automáticamente como homocigosis: alelos como S13 pueden amplificar mal o no amplificar con determinados cebadores universales, como PaConsI-F/R2. En ese caso, un genotipo heterocigoto puede quedar enmascarado como un falso homocigoto con un solo alelo detectable.
Por tanto, cuando el resultado sea dudoso, aparezca un único fragmento o tenga consecuencias comerciales importantes, conviene confirmar mediante herramientas adicionales. Esto incluye secuenciación, PCR alelo-específica o plataformas de diagnóstico integrado, como el ensayo multiplex de un solo tubo desarrollado por Čmejlová et al. (2023), capaz de identificar simultáneamente alelos incompatibles, mutaciones de autocompatibilidad conocidas y variantes del promotor MGST. En genética de polinización, un error de diagnóstico no es un detalle menor: condiciona el diseño estructural de la plantación y puede comprometer el cuajado durante toda la vida útil del huerto.
5. Polinizadores, meteorología y paisaje
Una vez que se sabe qué polen puede fecundar y cuándo la flor puede recibirlo, queda la pregunta operativa: quién lleva ese polen compatible al estigma dentro del reloj estricto del EPP. En cerezo, la respuesta no se reduce a contar colmenas.
La revisión sistemática de Osterman et al. (2024) proporciona el marco general para esta lectura: en cerezo y guindo, los requisitos de compatibilidad, la composición de visitantes florales, el paisaje y el manejo de colmenas interactúan. Por tanto, el servicio de polinización debe evaluarse como un sistema dinámico, no como una variable aislada.
Siopa et al. (2026) cuantificaron una dependencia de polinizadores muy alta en los cultivares evaluados: los valores de dependencia fueron próximos a 1 y la limitación de polen fue superior a 0,50 en todos los cultivares. La polinización natural alcanzó un cuajado medio de 6,6 ± 1,4 %. Además, en la mayoría de cultivares, el número de tubos polínicos que llegó a la base del estilo tras polinización natural estuvo por debajo del mínimo teórico requerido para fecundar los dos óvulos de la flor. Este resultado es importante porque muestra que puede haber flores, compatibilidad genética y visitantes, pero aun así no llegar suficiente polen funcional al lugar adecuado y en el momento adecuado.
Mateos-Fierro et al. (2025), en 10 huertos comerciales bajo túneles plásticos, mostró una diferencia muy clara entre flores abiertas a visitantes y flores embolsadas: 15,4 % de cuajado en flores abiertas frente a 1,1 % en flores excluidas. Esto equivale a una contribución de los polinizadores del 92,8 %. En sistemas protegidos, donde el microclima y la arquitectura del túnel pueden modificar el movimiento de los insectos, este dato refuerza una idea práctica: sin logística efectiva de polinización, la protección física del cultivo no garantiza cuajado.
Además, la polinización no afecta solo al número de frutos. En ese mismo estudio, las flores abiertas a visitantes produjeron cerezas con mayor masa fresca (+19,8 %), anchura (+7,9 %), materia seca (+19,8 %) y relación pulpa/hueso (+10,5 %), mientras que la firmeza fue similar. Fisiológicamente, este efecto puede relacionarse con mejor fecundación, desarrollo de la semilla y señales tempranas que aumentan la fuerza de sumidero del fruto joven, aunque esa interpretación debe leerse como mecanismo probable y no como una demostración directa de todos los pasos hormonales en ese ensayo.
5.1. De diversidad a sinergia funcional
La abeja melífera aporta logística, abundancia y facilidad de manejo, pero no siempre basta. García et al. (2025) registraron 24 especies de visitantes florales en huertos de cerezo de Chile central. Apis mellifera fue el visitante dominante, con aproximadamente el 93 % de las visitas, pero el efecto relevante sobre el cuajado apareció en la interacción entre visitas de Apis y visitantes silvestres (p = 0,010). Ni Apis ni Bombus terrestris mostraron un efecto significativo sobre el cuajado por sí solos en el modelo.
Este resultado cambia la lectura técnica. La diversidad de visitantes no importa solo porque sume individuos al huerto, sino porque puede modificar el comportamiento de forrajeo, aumentar los movimientos entre árboles o filas, mejorar la deposición de polen compatible y estabilizar el servicio bajo meteorología variable. En cultivares autoincompatibles, esta calidad de movimiento cruzado puede ser tan importante como el número total de visitas.

La sinergia tampoco debe interpretarse como simple coexistencia de especies. Eeraerts et al. (2020) aportó un mecanismo útil: la presencia y diversidad de abejorros puede alterar el patrón de forrajeo de Apis mellifera, aumentando la probabilidad de cambios de fila o de árbol. En un cultivo que depende de polen cruzado compatible, transformar visitas lineales dentro de un mismo árbol en visitas entre cultivares puede aumentar la utilidad real de la visita.
Osterman et al. (2023) mostró también una sinergia entre abejas masonas (Osmia spp.) y abejas melíferas en cerezo. La lectura no es que una especie sustituya sin más a la otra, sino que distintas especies pueden complementar su actividad en el tiempo, en la forma de visitar las flores o en su respuesta a las condiciones meteorológicas. En escenarios de primavera fría o variable, esa complementariedad puede ser especialmente relevante.
El caso de Bombus terrestris requiere precisión geográfica. En términos generales, los abejorros pueden mantener actividad bajo condiciones menos favorables que la abeja melífera y pueden modificar el comportamiento de Apis. Sin embargo, eso no los convierte automáticamente en una solución universal para cerezo. García et al. (2025) observó en Chile central una frecuencia baja de B. terrestris y ausencia de efecto significativo de sus visitas sobre el cuajado. Además, en regiones donde B. terrestris es exótica o invasora, su uso debe valorarse con especial prudencia ecológica. La recomendación técnica debe depender de la especie, el territorio, la abundancia real, el comportamiento de visita y el contexto ambiental.
5.2. Visitante floral no siempre equivale a polinizador efectivo
El comportamiento durante la visita es tan importante como la identidad del insecto. García et al. (2025) contabilizó una visita legítima solo cuando el insecto contactaba el estigma mientras se alimentaba o forrajeaba. Esa definición es clave: una visita floral no equivale automáticamente a una visita polinizadora.

Rivers-Moore et al. (2026), mediante videomonitorización en Chile central, registró más de 3000 visitas: alrededor del 65 % correspondió a abejas, el 33 % a moscas y el 2 % a coleópteros. Las abejas tendieron a pasar menos tiempo por flor, moverse más entre flores y contactar con mayor frecuencia el estigma. En cambio, moscas y escarabajos mostraron, en ese contexto, visitas más largas, menor movimiento y menor contacto estigmático.
Este tipo de resultado evita una trampa frecuente de campo: confundir abundancia de visitantes con eficacia polinizadora. Algunos grupos pueden ser frecuentes pero poco eficaces si no contactan el estigma o si permanecen demasiado tiempo en la misma flor o inflorescencia. En el estudio de Rivers-Moore et al., algunos dípteros fueron abundantes, pero su contribución potencial dependió mucho de si contactaban realmente el estigma y de qué parte del cuerpo lo hacía. El roce periférico con patas no tiene el mismo valor que el contacto corporal efectivo con zonas capaces de transportar y depositar polen.
La movilidad también es decisiva. En un cultivo autoincompatible, un insecto que contacta el estigma pero permanece dentro de la misma flor o del mismo racimo puede tener menor valor para mover polen cruzado compatible que otro visitante que, aunque menos abundante, cambie con frecuencia entre árboles o cultivares. Por eso, la eficacia funcional depende de una combinación de contacto corporal, carga de polen, postura de forrajeo, tamaño del insecto, tiempo por flor y movimiento entre cultivares compatibles.
La conclusión práctica es que la unidad de diagnóstico no debe ser solo “abeja”, “mosca” o “escarabajo”, sino el comportamiento de la visita. Algunas especies no abejas pueden ser funcionales si contactan eficazmente el estigma y transportan polen compatible; otras pueden ser visitantes frecuentes con baja contribución polinizadora en un contexto determinado. El diagnóstico debe mirar qué hacen los insectos, no solo quiénes son.
5.3. Meteorología de vuelo
Los estudios disponibles no permiten fijar una temperatura universal de vuelo que sirva para todos los insectos, todos los cultivares y todos los huertos. La actividad depende de temperatura, radiación, viento, humedad, estado de la colonia, disponibilidad de flores y especie de polinizador. Aun así, sí permiten una conclusión práctica: el servicio de polinización debe medirse en horas efectivas de vuelo dentro del EPP, no en número de colmenas instaladas.
En varios estudios de campo, las observaciones de Apis mellifera se concentran preferentemente en rangos térmicos favorables, y por debajo de aproximadamente 13 °C la actividad de la abeja melífera suele reducirse de forma acusada. Ese valor debe interpretarse como referencia operativa, no como umbral universal. En mañanas frías, días ventosos o jornadas lluviosas, puede haber flores receptivas y polen compatible, pero pocas visitas útiles.

Por el extremo opuesto, el calor y la radiación elevada también pueden limitar la actividad. García et al. (2025) programó sus observaciones en tres periodos de mañana (10:00–13:00) y tres de tarde (15:00–17:00), y excluyó 13:00–15:00 porque las altas temperaturas podían reducir la actividad de los polinizadores. Karbassioon et al. (2023), aunque trabajó en manzano y no en cerezo, ilustra además que la radiación solar elevada puede modular fuertemente la actividad de Apis mellifera, por lo que la temperatura del aire no debe ser la única variable de campo.
En la práctica, el diagnóstico debe registrar horas reales de vuelo, viento, lluvia, radiación y temperatura durante la plena floración efectiva. En días fríos o ventosos, insectos con mayor tolerancia térmica, como algunos abejorros o abejas solitarias, pueden contribuir de forma complementaria. En días cálidos y despejados, puede ocurrir lo contrario: el calor y la radiación reducen parte de la actividad de insectos en las horas centrales, mientras la flor acelera su propio reloj fisiológico. En ambos extremos, el resultado puede ser el mismo: menos polen compatible depositado a tiempo.
5.4. Paisaje, recursos florales y umbrales de hábitat
El huerto no está aislado. Laterza et al. (2025) mostró que la intensificación agrícola a escala local y de paisaje afectó a las comunidades de polinizadores y al servicio de polinización. En su estudio, el cuajado de cereza se relacionó positivamente con la diversidad de polinizadores, pero no con la abundancia de abeja melífera. Además, la presencia de colmenas se asoció a interferencias con la abundancia y visitas de polinizadores silvestres.
La lectura práctica es importante: más colmenas no sustituyen necesariamente a un paisaje funcional. Holzschuh et al. (2012), Eeraerts et al. (2017, 2019) y trabajos posteriores sostienen que setos, hábitats seminaturales, bordes funcionales, cubiertas florales y recursos antes y después de la floración pueden sostener comunidades de polinizadores más diversas. Para un cultivo con EPP breve, esa diversidad actúa como seguro funcional.
La literatura reciente ha empezado a poner cifras a ese seguro, aunque deben interpretarse por región y sistema. Eeraerts et al. (2023), en un contexto europeo, propuso que la disponibilidad de hábitat seminatural en el entorno es clave para mantener una tasa adecuada de visitas. En sistemas mediterráneos más estresados, como los de Chile central, trabajos recientes sugieren que la conservación de una proporción elevada de hábitat natural en el entorno próximo puede ser necesaria para sostener la actividad de polinizadores silvestres. Estos valores no deben convertirse en recetas universales, pero sí muestran que el paisaje no es decorativo: forma parte de la infraestructura reproductiva del huerto.

También existe un posible coste agronómico de un cuajado muy alto. Laterza et al. (2025) observó una relación negativa entre cuajado y contenido en sólidos solubles, compatible con un efecto de competencia entre frutos. La lección técnica no es reducir la polinización, sino integrarla con la regulación de carga. Un paisaje funcional puede asegurar el cuajado; después, el productor debe ajustar la carga para proteger calibre, maduración y calidad comercial.
5.5. El desafío del microclima bajo cubiertas
Bajo sistemas de protección, el problema de la polinización se cruza con el microclima. Las cubiertas plásticas, techos y túneles reducen lluvia, granizo o rajado y pueden adelantar cosecha, pero también modifican radiación, temperatura, humedad, ventilación, déficit de presión de vapor y actividad de los polinizadores. Bajo cubierta, el EPP no depende solo de la meteorología exterior, sino del microclima creado por el sistema de protección.
Palma et al. (2023) mostró que los túneles altos pueden modificar de forma intensa el ambiente luminoso, incluyendo una fuerte reducción de la radiación UV-B incidente. Este cambio podría afectar a señales visuales utilizadas por los insectos, aunque su impacto real sobre el vuelo y la orientación debe evaluarse según material de cubierta, ventilación, apertura lateral, manejo de colmenas y especie polinizadora. En cualquier caso, un huerto cubierto no es un huerto al aire libre con un techo: es un nuevo microclima reproductivo.
Además, el microclima bajo cubierta no debe leerse como un bloque homogéneo. La parte alta de la copa puede experimentar mayor acumulación térmica y mayor déficit de presión de vapor, mientras que la zona baja puede recibir más sombra y presentar condiciones diferentes de temperatura, humedad y radiación. Esta estratificación puede hacer que la receptividad floral, la velocidad de crecimiento de los tubos polínicos, la senescencia ovular, la actividad de polinizadores, la retención del fruto joven y la maduración no sean uniformes dentro del mismo árbol.
Finalmente, el manejo del microclima no termina en la recolección. Si las hojas se desarrollan bajo sombra relativa y protección, la retirada brusca del plástico tras la cosecha puede exponer al árbol a mayor radiación, temperatura y demanda evaporativa. Palma et al. (2023) advierte que esta transición puede afectar al estado hídrico y a la conductancia estomática. En términos prácticos, el riego, la ventilación y la retirada progresiva o bien manejada de cubiertas deben considerarse una fase crítica para proteger la fotosíntesis postcosecha, las reservas, la inducción floral y la preparación de la campaña siguiente.
| Aspecto | Dato o evidencia | Lectura técnica |
| Dependencia de polinizadores | Siopa et al. (2026): dependencia próxima a 1; limitación de polen >0,50. | El problema puede persistir incluso con cultivares compatibles si no llega suficiente polen funcional al estilo. |
| Exclusión de insectos | Mateos-Fierro et al. (2025): 15,4 % de cuajado abierto frente a 1,1 % embolsado; contribución 92,8 %. | La visita de insectos sostiene el cuajado comercial, también bajo túneles. |
| Calidad del fruto | Con flores abiertas: mayor masa, anchura, materia seca y relación pulpa/hueso. | La polinización afecta cantidad y puede favorecer atributos de calidad. |
| Sinergia Apis–silvestres | García et al. (2025): interacción Apis × visitantes silvestres positiva sobre cuajado; Osterman et al. (2023): sinergia Osmia–Apis. | La diversidad puede mejorar el servicio por complementariedad y cambios de comportamiento. |
| Visitantes no abejas | Rivers-Moore et al. (2026): moscas y coleópteros fueron frecuentes, pero su eficacia dependió de contacto estigmático y movilidad. | No generalizar por taxón; hay que evaluar comportamiento real de visita. |
| Meteorología de vuelo | Actividad dependiente de temperatura, radiación, viento y hora del día. | Diagnosticar horas efectivas de vuelo dentro del EPP, no solo colmenas presentes. |
| Paisaje | Laterza et al. (2025): cuajado asociado a diversidad de polinizadores, no a abundancia de Apis. | Más colmenas no sustituyen paisaje funcional ni diversidad. |
| Cubiertas | Palma et al. (2023): modificación de radiación, microclima, estado hídrico y fisiología bajo túnel. | Bajo cubierta hay que manejar polinización, ventilación, agua y transición postcosecha como un sistema integrado. |
6. Del cuajado a la carga inicial
El cuajado no termina con la fecundación. Durante las primeras semanas, cada fruto joven debe mantener embrión funcional, señales hormonales de continuidad y una fuerza de sumidero suficiente para sostener el suministro de fotoasimilados frente a otros frutos y brotes en expansión. Si esa coordinación falla, el árbol no pierde el fruto de forma pasiva: puede activar un programa de separación celular en la zona de abscisión del pedicelo, donde enzimas de pared debilitan la unión entre células y permiten la caída.
Esta desconexión puede prepararse mucho antes de hacerse visible. Hedhly et al. (2007) mostró que las diferencias de cuajado inducidas por calentamiento se establecieron durante las primeras 3–4 semanas tras la polinización, aunque el inicio del fallo podía rastrearse a la primera semana. La lectura práctica es importante: una parte de la caída de frutos jóvenes semanas después puede ser el eco diferido de fallos ocurridos durante los breves días de floración, fecundación y EPP.

6.1. Embrión y fruto joven
La fecundación inicia el proceso, pero no lo cierra. El embrión y los tejidos asociados a la semilla actúan como centros de señalización y contribuyen a mantener la continuidad del fruto joven. Si la fecundación falla, si el embrión aborta o si el óvulo degeneró antes de completar el proceso, el fruto pierde parte de su capacidad de sostener señales de retención y fuerza de sumidero.
Qiu et al. (2020) mostró que los frutos destinados a abscisión presentaban embriones con menor vigor que los frutos retenidos, junto con cambios anatómicos y proteómicos en la zona de abscisión. En ese trabajo, la caída se asoció a mayor actividad de enzimas de pared, separación celular y alteraciones en proteínas relacionadas con pared celular, hormonas, transporte y metabolismo. Por tanto, el aborto embrionario no debe entenderse como un detalle aislado, sino como una señal temprana que puede activar una respuesta de separación en el pedicelo.
Calle et al. (2022) ayuda a visualizar el extremo del problema en materiales experimentales con esterilidad masculina o femenina, donde el cuajado podía caer hasta 0 % entre la segunda y tercera semana tras polinización. Ese caso debe interpretarse como esterilidad genética o experimental, no como modelo directo de la abscisión fisiológica habitual en huertos comerciales. Aun así, recuerda una idea útil: si la fecundación o el desarrollo embrionario fallan, la caída puede aparecer semanas después, cuando el técnico ya no mira la flor sino el fruto joven.
6.2. Fuente-sumidero y carbono
Tras la fecundación, el fruto joven compite con otros frutos y con el crecimiento vegetativo por sorbitol y otros carbohidratos solubles procedentes de la hoja. Si la relación hoja/fruto es baja, la radiación se limita, la carga potencial es excesiva o el fruto tiene poca fuerza de sumidero, algunos frutos pueden perder capacidad de retención y encaminarse hacia la abscisión.
Blanusa et al. (2006) relacionaron la abscisión en cerezo con fotoasimilación, azúcares y ABA. Su lectura fisiológica es especialmente útil: el déficit de carbohidratos puede aparecer antes de los síntomas visibles de caída y acompañarse después de cambios hormonales, entre ellos ABA. Por tanto, la abscisión no debe interpretarse solo como una señal hormonal espontánea; a menudo refleja un desequilibrio previo entre oferta y demanda de carbono.
La demanda de carbono tampoco es estática. Penzel et al. (2020) estimó la demanda diaria de carbono y el área foliar necesaria por fruto en ‘Bellise’ y ‘Regina’. En sus condiciones, la demanda aumentó durante el desarrollo y alcanzó valores medios en fase III de 139–175 cm² por fruto en ‘Bellise’ y 199–212 cm² por fruto en ‘Regina’, según año. Estos valores no deben convertirse en una receta universal, pero muestran que la carga inicial debe leerse junto con el área foliar funcional y la fase de crecimiento del fruto.
Quentin et al. (2013) mostró además que manipular la disponibilidad de asimilados mediante anillado puede modificar cuajado y retención de forma distinta según cultivar. En algunos genotipos, aumentar la disponibilidad de carbono mejora la retención; en otros, el problema puede residir más en la fuerza de sumidero o en señales internas del fruto que en la oferta global de carbohidratos. Por eso, un bajo cuajado no siempre se resuelve simplemente aumentando recursos: también importa la capacidad del fruto para atraerlos.
6.3. Hormonas y zona de abscisión
La auxina, especialmente el transporte polar de IAA desde el fruto y el pedicelo, actúa como una señal de continuidad. Cuando esa señal disminuye, la zona de abscisión puede volverse más permisiva a señales de separación, incluyendo ABA, etileno exógeno o rutas parcialmente independientes del etileno. No obstante, esta interpretación exige cautela: la cereza es un fruto no climatérico y la caída natural no debe atribuirse automáticamente a una síntesis masiva de etileno endógeno en todo el fruto.
Hewitt et al. (2021) ayuda a resolver parte de esta aparente paradoja. Aunque el fruto de cereza no madura como un fruto climatérico, la zona de abscisión pedicelo-fruto puede responder a etileno exógeno, y esa respuesta depende fuertemente del cultivar. ‘Bing’ mostró una respuesta inducible, ‘Skeena’ presentó mayor tendencia a auto-abscisión y ‘Chelan’ fue mucho más recalcitrante. Por tanto, la sensibilidad de la zona de abscisión no es universal: cada cultivar tiene un umbral distinto de retención o separación.
Desde el punto de vista aplicado, esto obliga a evitar recetas generales con biorreguladores. La pérdida de señal auxínica puede facilitar la abscisión, pero no actúa sola; se integra con carbono, ABA, sensibilidad a etileno, estado del embrión, vigor del fruto y genotipo. La caída fisiológica debe diagnosticarse como una decisión integrada del árbol, no como la consecuencia de una sola hormona.
6.4. Firma molecular de la abscisión: interruptores, frenos y tijeras
La abscisión del fruto joven en cerezo se entiende cada vez mejor como una cascada fisiológica y molecular. Cuando fallan la fecundación, el embrión, el suministro de carbono o la señal de continuidad, la zona de abscisión puede activar un programa transcripcional que conduce a la separación celular. No se trata de una caída pasiva, sino de una respuesta organizada en la que señales hormonales, factores de transcripción y genes de pared celular convergen en el pedicelo.
Qiu et al. (2021) integraron transcriptoma, fitohormonas y familia HD-ZIP, mostrando que la abscisión se acompaña de cambios en rutas hormonales y genes de remodelación de pared. A partir de este marco, los trabajos más recientes permiten ordenar la respuesta en tres bloques funcionales: interruptores, frenos moleculares y tijeras anatómicas.
1. Los interruptores: factores que activan la caída
Los interruptores son genes reguladores que conectan el estado hormonal y fisiológico del fruto con la activación de la zona de abscisión. Posteriormente, Qiu et al. (2024) relacionaron PavHB16 con el desarrollo de la zona de abscisión; su sobreexpresión en Arabidopsis aceleró la caída de pétalos, modificó la estructura celular de la zona de abscisión y elevó genes de remodelación de pared como AtCEL3, AtPG1 y AtEXPA24.
En la misma línea, PavRAP2.3, de la familia AP2/ERF, responde a ABA y ethephon, se localiza en el núcleo y puede activar PavCEL9-like. Esto lo sitúa como un regulador capaz de conectar señales hormonales con degradación de pared celular. Conviene formularlo como una pieza relevante de la red, no como el único “comandante” del proceso, porque la abscisión integra varias rutas y no depende de un solo gen.
2. Los frenos moleculares: señales que mantienen la retención
Para evitar una caída prematura, el fruto joven necesita mantener señales de continuidad. En esta lógica, la vía de auxina tiene un papel central. Hou et al. (2025) sitúan a PavAUX/IAA9 y PavAUX/IAA11 como reguladores con efectos opuestos: PavAUX/IAA9 actúa como freno de la abscisión, mientras que PavAUX/IAA11 se asocia con una regulación pro-abscisión. Además, PavARF4 y PavWRKY40 se han propuesto como reguladores aguas arriba al unirse a sus promotores.
PavPP2C59 añade otro nivel de control como regulador negativo de abscisión y maduración. Su interacción con PavRDUF1 sugiere un posible mecanismo de modulación o pérdida de este freno molecular. Es decir, cuando el fruto deja de emitir señales suficientes de continuidad, la red no solo activa rutas de caída, sino que también puede reducir la acción de reguladores que mantenían la retención.
3. Las tijeras anatómicas: genes de pared que ejecutan la separación
La salida final de la cascada es anatómica. Una vez activada la zona de abscisión, genes relacionados con pared celular —celulasas, pectinasas, expansinas y otras enzimas de remodelación— debilitan la lámina media y permiten la separación celular en el pedicelo. Entre los genes implicados aparecen PavCEL9-like y, en modelos de validación funcional, genes como AtCEL3, AtPG1 y AtEXPA24.
Estas “tijeras” no actúan de forma aislada: son la consecuencia visible de una decisión fisiológica previa. Si el fruto pierde embrión funcional, fuerza de sumidero o señal hormonal de continuidad, la zona de abscisión puede entrar en un estado permisivo y activar la maquinaria de separación.
Finalmente, la expresión de esta cascada es cultivar-dependiente. Hewitt et al. (2021) comparó cultivares con fenotipos contrastantes de activación de la zona de abscisión: ‘Bing’ mostró una respuesta inducible, ‘Skeena’ presentó mayor tendencia a auto-abscisión y ‘Chelan’ fue mucho más recalcitrante. Por tanto, la red hormonal-pared celular no se expresa igual en todos los cultivares ni debe interpretarse como una vía universal dominada siempre por etileno endógeno.
En términos aplicados, la caída del fruto joven debe interpretarse como la convergencia de varias señales —fecundación, embrión, carbono, auxina, ABA, sensibilidad a etileno, genotipo y pared celular— en una misma zona de separación. El manejo agronómico debe intentar mantener activo el sistema de retención antes de que los interruptores de abscisión superen a los frenos moleculares y las tijeras de pared celular ejecuten la caída.
| Regulador | Ruta/familia | Dato funcional | Lectura |
| Señal inicial | Embrión/EPP/carbono | Fallo de fecundación, aborto embrionario, estrés térmico o déficit fuente-sumidero. | El fruto pierde fuerza de sumidero y señales de continuidad. |
| Cambio hormonal | Auxina, ABA, etileno/rutas alternativas | Menor señal auxínica, cambios en ABA y sensibilidad diferencial a etileno o señales alternativas. | En fruto no climatérico, el etileno no debe interpretarse como único motor universal de caída natural. |
| PavHB16 | HD-ZIP | Asociado al desarrollo de la zona de abscisión y a genes de remodelación de pared en modelo. | Conecta señal hormonal, arquitectura de AZ y pared celular. |
| PavRAP2.3 | AP2/ERF | Inducible por ABA/ethephon; puede activar PavCEL9-like. | Integra señales hormonales con degradación de pared. |
| PavAUX/IAA9 / PavAUX/IAA11 | Auxina | PavAUX/IAA9 actúa como freno; PavAUX/IAA11 se asocia con regulación pro-abscisión. | La vía de auxina contribuye a decidir retención o caída. |
| PavPP2C59 | PP2C/ABA | Regulador negativo de abscisión y maduración; posible modulación por interacción con PavRDUF1. | Freno molecular cuya pérdida o modulación puede favorecer la caída. |
| Salida anatómica | Celulasas, pectinasas, expansinas | Debilitamiento de lámina media y separación celular en la zona de abscisión. | La señal fisiológica se convierte en caída visible. |
| Respuesta cultivar-dependiente | Genotipo/PFAZ | Hewitt et al. (2021): ‘Bing’ inducible, ‘Skeena’ con auto-abscisión y ‘Chelan’ recalcitrante. | La cascada hormonal-pared celular no se expresa igual en todos los cultivares. |
7. Raleo de flores y regulación temprana de carga
La regulación temprana de carga es el cierre aplicado de la floración y el cuajado. No se trata de reducir frutos por inercia, sino de ajustar la relación hoja/fruto y la capacidad real del árbol para transformar el cuajado en calibre, firmeza, maduración homogénea y estabilidad comercial.
Sin embargo, la decisión de ralear debe someterse también a un escrutinio económico. Einhorn et al. (2011) demostraron en árboles vigorosos de ‘Sweetheart’ sobre ‘Mazzard’ que el raleo severo aumentó significativamente el tamaño y la calidad individual del fruto, pero redujo el valor económico total de la cosecha por árbol debido a la pérdida excesiva de producción. La rentabilidad exige equilibrio: en combinaciones con portainjertos vigorosos, el raleo no debe interpretarse como una receta anual obligatoria, sino como una herramienta para años, cultivares o sistemas con riesgo claro de sobrecarga.

El momento de intervención define buena parte del resultado. El raleo en flor —manual o químico, mediante productos como tiosulfato de amonio u otras alternativas autorizadas— libera recursos de forma muy temprana. Parveze et al. (2024) mostraron en ‘Sweet Heart’ que el raleo floral puede mejorar calidad de fruto y favorecer el retorno floral, al reducir la competencia temprana y evitar que la sobrecarga comprometa la inducción de yemas. Su riesgo es que se decide antes de conocer la carga real y antes de que se expresen posibles pérdidas por helada, mala polinización o caída fisiológica.
El raleo de fruto joven, alrededor de 30–40 días después de plena floración, suele ser más predecible porque ya permite observar qué frutos han superado la primera caída y qué carga empieza a consolidarse. Su inconveniente es que llega más tarde y puede tener menor capacidad para modificar procesos tempranos de competencia o retorno floral. En sistemas de arquitectura moderna —planar, cordón o pared frutal—, la extinción de dardos o yemas durante la poda permite además preordenar la distribución espacial de flores y frutos desde el invierno.
En sistemas protegidos, la regulación de carga adquiere un interés añadido. Bajo cubiertas plásticas, donde el microclima puede adelantar cosecha, modificar la radiación, alterar la relación fuente-sumidero o comprometer firmeza, ajustar la carga puede convertirse en una herramienta clave de calidad. González-Villagra et al. (2024), trabajando con ‘Regina’ bajo cubiertas plásticas en el sur de Chile, observaron que reducir la carga al 60 % y, especialmente, al 40 % incrementó peso fresco, tamaño y firmeza respecto al 100 % de carga. El trabajo destacó incrementos de firmeza en torno al 20,3 % y una reducción del pitting cercana al 40 % tras 30 días de almacenamiento en frío.
No es una receta universal de raleo al 40–60 %. Es una evidencia contextual muy útil: bajo cubierta, ajustar la carga deja de ser solo una estrategia de calibre y pasa a formar parte del manejo integral de calidad y estabilidad postcosecha.
8. Diagnóstico integrado del bajo cuajado
A lo largo de esta revisión hemos visto que, cuando la cosecha falla, la pregunta inicial no debe ser únicamente “¿faltaron abejas?”. El fracaso del cuajado responde a una cadena de procesos fisiológicos, genéticos, ecológicos y agronómicos en la que el eslabón más débil puede comprometer todo el sistema.
El cuello de botella puede estar mucho antes de la flor abierta, en malformaciones inducidas por el calor del verano previo; durante la floración, en la falta de compatibilidad genética, un solape floral insuficiente o una ventana de polinización efectiva comprimida por la temperatura; durante la visita floral, en insectos presentes pero poco eficaces; o después de la fecundación, en un embrión débil, una baja fuerza de sumidero, déficit de carbono, pérdida de señal auxínica o activación de la zona de abscisión.
En campo, el diagnóstico debe ser cronológico y clínico. Primero, comprobar que la flor es funcional y anatómicamente correcta. Segundo, asegurar que existe polen genéticamente compatible y un solape temporal real. Tercero, verificar que hay visitas con contacto efectivo dentro del EPP. Cuarto, confirmar que el fruto joven puede sostener embrión, señal hormonal de retención y flujo suficiente de asimilados antes de que se active la cascada de abscisión.
Solo evaluando la cadena completa tiene sentido decidir si el problema se corrige con más colmenas, con mayor diversidad funcional de polinizadores, con un rediseño del mapa varietal, con mejor manejo del microclima bajo cubiertas, con regulación de carga o con una combinación de medidas.
Una floración abundante es solo una promesa. La cosecha nace cuando flor funcional, polen compatible, polinizadores efectivos, temperatura, óvulo viable, embrión, carbono y manejo de carga coinciden a tiempo. Esa es la verdadera ventana crítica del cerezo.
Bibliografía
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