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Dormancia del cerezo entre hojas, azúcares y satélites

📓 Referencia completa: Saavedra, G.M.; Univaso, L.; Sepúlveda, L.; Gaete-Loyola, J.; Nuñez, C.; Lillo-Carmona, V.; Castillo, V.; Zambrano, F.; Miyasaka Almeida, A. (2026). Integrating Metabolomics, Physiology and Satellite Vegetation Indices to Characterize Dormancy Onset in Two Sweet Cherry Genotypes. Horticulturae, 12(4), 443. https://doi.org/10.3390/horticulturae12040443.

🔗 Acceso abierto: artículo disponible en Acceso abierto en DOI

Una transición invisible que ya no depende solo del frío

La entrada en dormancia del cerezo sigue evaluándose, en gran medida, con modelos basados en frío acumulado y ensayos de forzado. Este trabajo parte precisamente de esa limitación y plantea una alternativa más amplia: seguir la transición estacional del árbol combinando fisiología foliar, metabolómica de yemas florales e índices de vegetación obtenidos por satélite. El valor del estudio no está en sustituir una herramienta por otra, sino en conectar escalas que normalmente se analizan por separado.

Ese enfoque se probó en Chile, en la estación experimental INIA Los Tilos de Buin, entre febrero y junio de 2017, sobre dos genotipos de cereza con comportamiento contrastado, ‘Regina’ y la selección ‘210’. Los autores trabajaron con tres árboles de cinco años por genotipo, injertados sobre Cab-6P, y definieron la progresión fenológica desde crecimiento vegetativo hasta senescencia y dormancia. La senescencia al 50% de hojas apareció antes en ‘210’ que en ‘Regina’, y también hubo diferencias en requerimiento de frío y fecha de salida de dormancia, lo que refuerza que la genética condiciona el calendario fisiológico del árbol.

La dormancia no es inactividad, sino reorganización fisiológica

A partir de ese marco, el estudio siguió variables de intercambio gaseoso en hoja —asimilación de CO₂, transpiración, conductancia estomática y CO₂ intercelular— y parámetros de fluorescencia de clorofila, que permiten evaluar cómo responde el fotosistema II, es decir, una parte central de la maquinaria fotosintética. En paralelo, se analizaron en yemas florales cinco metabolitos polares: fructosa, glucosa, ácido málico, mio-inositol y sorbitol. La lógica es clara: si el árbol entra en dormancia, esa transición debe dejar rastro tanto en la actividad de la hoja como en la química de la yema.

Los resultados fisiológicos mostraron una pérdida progresiva de actividad durante la entrada en dormancia. La asimilación neta de CO₂ y la transpiración descendieron desde la fase vegetativa hasta valores mínimos en dormancia, mientras el CO₂ intercelular aumentó. Al mismo tiempo, la eficiencia fotoquímica del PSII [Y(II)] y la tasa de transporte electrónico (ETR) disminuyeron de forma marcada. En cambio, la disipación no regulada de energía [Y(NO)] aumentó al final del proceso, lo que el propio artículo interpreta como una mayor pérdida de energía por vías no reguladas, consistente con una ruptura del control del PSII cuando la regulación fotosintética se debilita. En términos sencillos, el árbol no “se apaga”, sino que desmantela y reordena su funcionamiento fotosintético conforme se instala la dormancia.

La señal más fuerte está en el genotipo

En la parte metabolómica, el patrón más importante no fue tanto la fase de dormancia como el efecto del genotipo. El análisis multivariante mostró que el genotipo explicó una fracción mayor de la variación metabolómica que la propia fase estacional, con un PERMANOVA de R² = 0,483 y un análisis de componentes principales que explicó el 79,7% de la varianza total. Esto indica que ‘Regina’ y ‘210’ mantuvieron perfiles metabólicos diferenciados a lo largo del periodo estudiado.

Dentro de esos compuestos, la fructosa fue la señal más clara. Durante paradormancia I, ‘Regina’ presentó un incremento aproximado de 9,5 veces respecto a ‘210’, la mayor diferencia específica detectada entre genotipos. El artículo vincula además estas diferencias con dos rutas metabólicas especialmente representadas: metabolismo del almidón y la sacarosa, y metabolismo del piruvato. También el ácido málico contribuyó a la diferenciación entre materiales. El mensaje que deja el trabajo es sólido: la química de la yema no responde igual en todos los genotipos, y esa firma metabólica parece estar ligada a cómo cada material reorganiza su metabolismo del carbono durante la entrada en dormancia.

Lo que el satélite sí puede captar del proceso

La tercera capa del estudio fue la teledetección. A partir de imágenes Landsat y Sentinel se calcularon dos índices: NDVI, relacionado con el verdor y la actividad de la copa, y FAPAR, que estima la fracción de radiación fotosintéticamente activa absorbida por la vegetación. Ambos siguieron bien el declive estacional de la cubierta vegetal durante senescencia y dormancia y su recuperación posterior, aunque con sensibilidades distintas: el NDVI mostró una caída más brusca durante la senescencia, mientras FAPAR describió una trayectoria más suave.

Lo más relevante es que esa señal de copa se relacionó con variables fisiológicas medidas en hoja. El NDVI explicó una parte importante de la variabilidad en varios parámetros, con R² entre 0,21 y 0,71, y mostró asociaciones significativas con eficiencia fotoquímica, transporte electrónico, transpiración y CO₂ intercelular. Aun así, los propios autores insisten en una idea clave: la relación entre índice espectral y fisiología sigue siendo indirecta. El satélite no “ve” la química de la yema, pero sí capta cambios de la copa que corresponden con la transición fisiológica hacia la dormancia. Además, esa relación no fue idéntica en los dos genotipos, lo que añade una lectura útil para el manejo varietal.

En conjunto, el estudio ofrece una visión integradora y muy actual de la dormancia en cerezo: la transición se expresa en la hoja, en la yema y en la firma espectral del huerto, y entender esa conexión puede mejorar el seguimiento fenológico en un contexto de creciente variabilidad climática.

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