Elena Nieto Serrano – Investigadora del CICYTEX
Incendios y agricultura de montaña
En un Mediterráneo cada vez más amenazado por el cambio climático y sus incendios extremos, las estrategias basadas únicamente en la extinción han quedado obsoletas. La verdadera resiliencia del territorio exige ahora un enfoque integral que combine prevención a largo plazo, una planificación del uso del suelo consensuada y la participación activa de los actores locales.
En este nuevo paradigma, la agricultura de montaña, activa y apoyada por sistemas de riego eficientes, deja de ser un mero sector productivo para convertirse en un aliado estratégico indispensable. Se transforma en un gestor del territorio que crea paisajes en mosaico, reduce la carga de combustible y construye, hectárea a hectárea, un verdadero escudo verde frente al fuego.
Un ejemplo de este desafío se materializó el pasado 12 de agosto con el incendio declarado en Jarilla, considerado el mayor en la historia reciente de Extremadura. El fuego arrasó más de 17.300 hectáreas de una valiosa masa forestal en los Valles del Jerte y del Ambroz y provocó la evacuación de municipios cercanos como Rebollar, Cabezabellosa, Jarilla y Villar de Plasencia.
En medio de esta situación, el caso de El Torno (Valle del Jerte, Cáceres) ofrece una evidencia relevante: a pesar de su proximidad al epicentro, no fue incluido entre los municipios evacuados. Este hecho plantea la necesidad de analizar la influencia de su modelo agrario y de gestión del agua, que representa la versión optimizada de las defensas que el propio cultivo del cerezo en bancales, por sí mismo, ya ofrece en todo el Valle del Jerte.


La función protectora del paisaje agrícola activo
Numerosos estudios han evidenciado que el abandono agrícola favorece la continuidad del combustible vegetal y, con ello, el riesgo de propagación de incendios. En contraposición, los paisajes agrícolas en activo —especialmente cuando presentan estructuras en mosaico y tratamientos culturales regulares— pueden actuar como elementos de fragmentación del combustible y freno al avance del fuego.
En el Valle del Jerte, el cultivo tradicional del cerezo en bancales configura de por sí un paisaje en mosaico que actúa como una primera y gran barrera defensiva. Las prácticas culturales de poda y limpieza de suelos, inherentes a esta agricultura de montaña, generan discontinuidades estructurales que dificultan la propagación de los incendios. Fue esta muralla verde la que frenó el avance de las llamas en gran parte del territorio, aunque su virulencia fue tal que muchas fincas de cerezos situadas en las cotas más altas, en la primera línea de fuego, sí llegaron a verse afectadas. El Torno es, precisamente, el mejor exponente de este modelo protector, llevado a su máxima eficacia gracias al riego localizado y su comunidad de regantes.
Infraestructuras de riego como apoyo logístico en emergencias
Las infraestructuras de riego —balsas, depósitos, tomas, conducciones y pistas de acceso— desempeñan un papel funcional no solo en el uso agrícola del agua, sino también como recursos logísticos en situaciones de emergencia. En El Torno, la existencia de puntos de agua accesibles permitió la recarga rápida de medios aéreos y terrestres, mejorando la operatividad de los equipos de extinción. En definitiva, el sistema de riego dejó de ser un mero insumo agrícola para convertirse en una infraestructura de protección civil de primer orden.
Investigaciones de la Universidad de Extremadura señalan que las zonas agrícolas regadas y desbrozadas pueden reducir significativamente la propagación y el impacto de los incendios en comparación con zonas abandonadas o sin manejo (Pulido, 2021). Estos datos refuerzan la necesidad de integrar la planificación de los regadíos dentro de los instrumentos de protección civil y ordenación del territorio rural.
Modernización del regadío y relevo generacional: una sinergia positiva
Hace más de 15 años, la Comunidad de Regantes de El Torno emprendió un proceso de modernización integral de su sistema de riego. La transición hacia sistemas presurizados y automatizados ha tenido múltiples efectos positivos como la reducción del esfuerzo manual, la mayor eficiencia hídrica y rentabilidad más elevada del cultivo del cerezo.
Estos avances han facilitado la incorporación de jóvenes al sector agrario, dinamizando el tejido cooperativo y manteniendo las explotaciones activas. Durante el incendio, este relevo generacional resultó crucial, agricultores en activo, con terrenos cuidados y proyectos de futuro, colaboraron en contener las llamas en sus fincas y apoyaron el trabajo de los equipos de extinción, contribuyendo a frenar la propagación del fuego en el municipio. Queda demostrado que la inversión en modernización de regadíos retiene a jóvenes agricultores, mantiene vivo el paisaje y asegura una primera línea de defensa humana frente a los incendios.
Obstáculos y oportunidades perdidas
A pesar de la inversión y el esfuerzo técnico realizado, la Comunidad de Regantes de El Torno aún no cuenta con una concesión de agua regularizada. La situación es aún más grave en la mayoría de los municipios del Valle del Jerte, ya que carecen de infraestructuras de riego. Este bloqueo administrativo ignora una realidad económica fundamental: el coste de no actuar es inmensamente superior al de invertir. El valor de las hectáreas calcinadas y los multimillonarios costes de extinción contrastan dramáticamente con la inversión, asumible y productiva, que supone la modernización integral del regadío de una comunidad. Las dificultades, trabas y retrasos para conseguir las concesiones de agua y los permisos medioambientales, son responsables de esta situación que ha supuesto la pérdida de oportunidades clave para consolidar un modelo agrario que, contribuye activamente a la sostenibilidad y a la prevención frente a incendios. De ahí la necesidad urgente de coordinar políticas agrarias, ambientales y de emergencia, y de otorgar respaldo jurídico y financiero a aquellas iniciativas de gestión del agua que sostiene la vida en el medio rural.
Propuestas para una nueva política de regadío de montaña
El caso de El Torno pone de manifiesto que el regadío de montaña, cuando está adecuadamente planificado, gestionado y asociado a sistemas de cultivo activos, constituye una infraestructura multifuncional de carácter estratégico. Su función excede la mera provisión de recursos hídricos para la producción agrícola, dado que interviene en la ordenación del territorio, contribuye a la configuración de paisajes en mosaico menos vulnerables al fuego, favorece la fijación de población en el medio rural, facilita la incorporación de jóvenes al sector agrario y refuerza la capacidad adaptativa frente a riesgos naturales y climáticos.
A partir de esta evidencia, la acción prioritaria debe ser integral, abarcando simultáneamente varios frentes: es fundamental impulsar y facilitar la constitución de comunidades de regantes en los municipios que aún carecen de ellas, al tiempo que se incorporan sus infraestructuras a los planes de prevención y extinción de incendios forestales (como el PLAN INFOEX) y se reconoce explícitamente su valor en las políticas de desarrollo rural (incluida la PAC). De forma paralela, es crucial garantizar la seguridad jurídica de todas las comunidades de regantes, tanto las existentes como las de nueva creación, mediante procedimientos más ágiles de concesión de derechos de uso de agua y de tramitación ambiental. Asimismo, resulta esencial asegurar un marco de financiación estable y suficiente que facilite la modernización tecnológica y la construcción de balsas de almacenamiento de agua.
La experiencia observada en El Torno constituye un referente empírico para replantear el papel de los regadíos en zona de montaña, no solo como herramientas productivas, sino como elementos estructurales en la construcción de resiliencia socioecológica y en la gestión sostenible del territorio frente a los actuales retos climáticos y demográficos.









